lunes, 22 de febrero de 2010

Nos hicimos grandes.




1986.
Doce años,  mas niña que adolescente, queriendo jugar a grande.
Una salida con mis primas, Laura y Vivien, catorce y diecisiete. Para mí, casi adultas.
La noche de los lápices.
¿La noche de las narices frías?
No pregunté, era una salida con mis primas mayores. Estaba felíz de participar de mi primera salida al cine con ellas, desde mis doce años eran el proyecto de mujer a las que me quería parecer. Vivien con su seriedad y criterio para abordar todo tipo de cuestiones, linda y grande. La mayor de los once primos. Morocha, llena de rulos, flaca y entrando a un mundo que a mí me parecía que estaba a distancias siderales. Ya escuchaba su propia música en su cuarto, no la que nuestros padres nos ponían en el auto. En los cumpleaños se dormía en cualquier sillón aburrida de nuestros infantiles juegos. Hacia rato que una "escondida" no la entusiasmaba en lo mas mínimo. Con un grupo de amigas y amigos que la hacían poseedora de un mundo que para mí, era tocar el cielo con las manos.
Laura, en cambio, bien cerca, de pelo rubio y lacio.Coqueta, con su infantil seducción, yo no creía que un chico pudiera resistirse a sus encantos. Risa enorme, ocupando toda la cara, segura de si misma. Desafiante y convencida de su recién adquirida madurez. Hasta hace poco tiempo nos tirábamos arena en la playa, y juntábamos con Diego (mi hermano) y Erica (mi prima más chica) paquetes vacíos de cigarrillo, para sentarnos a fumar palitos,  en esos eternos y adorados veranos de Mar del Plata. Ahora de a poquito se corría a ese lugar que me hacia admirarla, pero también extrañar a mi compañera de niñez. Ya no éramos Susana y Moria. Ya era una señorita. A mí, aún,  me faltaba.
En mi admiración me puse en sus manos.
Llegue esa tarde a su casa y me deje camuflar.
-¡Te van a dejar pasar! Pareces mas grande.
Laura con desenfado confiaba en su habilidad de lograr que con un poco de rubor, delineador en los ojos y una pincelada en los labios mi aspecto se convirtiera en el adecuado para que el señor del cine me dejara pasar. Dueña de ideas tan arriesgadas como ingeniosas. Una vez me recomendó esconderme un chicle en el cuello de un pulover verde agua, punto inglés. No funcionó. Finalmente quedó agujereado.
-Te pones al lado mío, del lado de la pared,  no mirés nada, hacete la tonta.
Ella sabía que había que ser cauto. Ella era grande. Tenía diecisiete.
La previa empezó desde el mismo momento que supe que iba ir al cine, mi papá, no era muy desprendido en las salidas. Todo tenia que tener  una gran justificación. No recuerdo si lo convenci o lo convencieron. Una salidita al cine y me quedaba a dormir en su casa. Emoción y temor.
Las chicas dormían hasta tarde y yo pensaba que iba a hacer a la mañana siguiente mientras ellas durmieran. No importó. Me preparé una mochila y mamá me llevó. Siempre sentía un poco de angustia cuando no iba a dormir en casa.
La casa de mis primas era un casa querida por mi. Hermanos, nuestros padres, no tenían una relación tan fácil como se hubiera deseado, ni por sus padres, ni por nosotros que nos adorábamos a pesar de las diferencias que los atravesaban. Diferencias que aun hoy a tantos años no lograron hacer mella en el cariño que nos une.
Nacimos en este orden Vivien primero, Gabriel, mi hermano mayor,  luego vino Laura y  yo. Mas tarde  Diego, y  por último Erica. Siempre nos quisimos muchísimo..
Durante la niñez omitimos las diferencias y tentamos lo mas que se pudo la relación de nuestros padres. Hasta que fuimos grandes y ya nos manejamos solos.
Esa tarde arrancamos los preparativos y nos fuimos. Mi tía sonrió cuando nos vio salir a las tres pintarrajeadas. Nos tomamos un micro, creo que el 508, compre caramelos y me prepare para los que se venia. O eso creí.
Como habíamos organizado, paso Laura, pintada y confiada y luego pasamos Vivien y yo. Yo rozando una pared. Nadie me dijo nada. Lo viví como un triunfo.
Nos sentamos contentas aunque yo note que el clima en el cine no era festivo, sino mas bien serio. Era claro yo estaba haciendo de adulta. Me comporte como uno de ellos.
Vivien y Laura iban al Liceo Víctor Mercante, un colegio de la Universidad caracterizado en La Plata por su compromiso e interés en temas políticos y sociales. Con posicionamiento ante la vuelta a la democracia y el proceso militar de los últimos años.Yo había entrado a  la secundaria ese marzo en el Normal Nº3, un colegio que pertenecía  a la Nación.
Hasta que la película comenzo yo sentía que había ganado, que habíamos podido burlar  a ese boletero. Lo habíamos logrado.
Al principio no me di cuenta. En realidad iba  para ver otra cosa.  No recuerdo que. Trato de revisar que conocimientos previos tenia yo acerca de nuestro pasado inmediato, pero rebusco y rebusco y no encuentro nada. Si algo sabia, no tenia absolutamente nada que ver con la realidad que se empezó a despejar  ante mis ojos.
Desconocía  esa desgarradora realidad que había sucedido en las mismas calles que yo transitaba, que en mi propio colegio había chicos que habían sufrido lo que espantada estaba mirando.
Yo, a mis doce años, realmente no sabia nada.
A partir de los veinte minutos de iniciada la película, se transformo en una pesadilla. Con los ojos cerrados y las manos en los oídos, me negué a las imagenes y a los sonidos. Sentada en el ultimo asiento, pegadita a la pared, en una fila intermedia de los antiguos cines grandes. Cada tanto entrecerraba los ojos para ver si la secuencia había terminado. Si me daba un respiro. Y no. Me escondí.
No se que sintió el resto, no registre nada  mas que el  horror que estaba viviendo, no se que les paso a mis primas, ni al resto de los espectadores. Recuerdo mi terquedad en pensar en otra cosa y algunas palabras borroneadas y  tranquilizadoras que  Vivien me dijo.
Llore y me angustie ante una violencia hasta ese momento desconocida.
Recuerdo la salida de ese cine, una calle ancha que cruzamos. Era la Avenida siete. La espera del micro que nos devolvía a la casa. El edificio de escalinatas, en una tarde lluviosa que hoy reconozco en el Pasaje Dardo Rocha. Sobre siete. No se si siguieron palabras. No tuve capacidad para intercambiar opiniones ni sensaciones.
Palabras como democracia, proceso, derechos humanos, militares, censura, desaparecidos, justicia tomaron una relevancia nueva e irrumpieron en mi vida.
Creo que llegamos e intente superar la angustia que me invadía y no podía dejar de pensar que eso no era una película, que había pasado. Las tres estábamos impactadas.
A partir de ese día comprendí la leyenda "prohibido menores de..." me volví mas grande y respetuosa de los limites. Entendí íntimamente el por que de la prohibicion.
Creo que ninguna sabia ciencia a cierta que era lo que iba a ver. Supongo que las tres nos creíamos grandes.Seguro que ese día maduramos.

Quizás muchos años despues hubiera sentido la misma sensacion. No lo se.  No volví a ver esa película nunca mas.
Aun hoy el corazón me late muy rápido cuando recuerdo La noche de lo lapices.
Mi infancia estuvo llena de lindas experiencias compartidas
A pesar de la tristeza de aquel momento, hoy a casi veinticinco años lo recuerdo como otra vivencia compartida con personas que hicieron de mi niñez una hermosa etapa para ser vivida. 
Paso a paso,crecimos juntos.  Hoy, a pesar de las vidas adultas, de los hijos, los trabajos,  siguen estando tan presente como siempre. Con la frecuencia que podemos, seguimos celebrando el encuentro.




Mas allá de la sangre,  a mis amigos, a algunos de mis compañeros de vida.
Vivien, Gabriel, Laura, Diego y Erica

Mensaje nuevo!

Hoy, recién.
Febrero, lluvioso.
Mi año comienza.
El de todos.
Los imagino, a cada uno enfrente de sus computadoras. Me encuentro con la novedad de que hasta hace un tiempo sentía que este aparato nos alejaba de todo, que el mundo se volvía impersonal e indiferente.
Oh sorpresa, el mundo, nuestro mundo es indiferente, vertiginoso, light...se escribe así? No tengo tiempo de averiguarlo.
Sin embargo en este momento me parece verlos, a cada uno de ustedes un poquito acompañados, acortando las distancias, reprimiendo soledades y nostalgias.
Un domingo lluvioso. Sabiéndonos desde el otro lado, encontrando los espacios. sonriendonos entre todo, acompañandonos en un día de horripilante, sabiendo un poquito de lo de cada uno.
No es consuelo. Todo deprisa. Pequeños días. Pequeños ratos. Pequeñas frases.
Nada mejor que una mesa larga, un asado, muchos platos o los suficientes, un vaso de vino, miles de palabras y el encuentro, el real. El abrazo.
Pero hoy a falta de eso me consuelo con algunos: jajaja, algunas confidencias mientras le pongo voz a sus palabras.
A todos los que extraño.
Mi hermano me acaba de contar sin voz, o con la voz que imagino que enterro a Nacho. Nacho es el perro de mis viejos, hijo de Muñeca, mi perra de la infancia.
Estaba muy viejito.
Lo enterró en la ruta 11.
Pobre Nacho.
Pobre Gabriel.
Mis viejos estan en Mar del Plata.

jueves, 18 de febrero de 2010

Despedida

Y bebimos esa copa
con sabor a despedida
intuía tu amargura
te perdiste en un silencio
sin decirme un hasta luego.
No nos vimos, no pudiste perdonarme
se cayó ese ultimo pétalo
una rosa deshojada
ya no supe de esperanza
Aun recuerdo tu sonrisa de otros tiempos
cautivando mis mañanas
esas noches de desvelos
de mirarnos a los ojos, sin secretos
Derrumbado sin razón
un error en el camino,
han pasado tantos años...
aun me duele recordar
Tu mirada de tristeza
esa noche sin estrellas.
No recuerdo lo que hablamos
no quisiste despedidas
la nostalgia me invadía...
y bebimos es copa
no brindamos, no había nada
nos miramos a la cara
y, supimos del adiós


Para mi amor

El eco de tu voz

No se si les hablé de su voz, ni de mis miedos, ni de su dolor.
Su voz era desenfadada, fuerte y sin censura.
Apasionada, desafiante, abrigadora,dueña de grandes convicciones con las que no siempre se podía coincidir.
Una grande joven. Escuchaba los Beatles mientras los demás escuchaban tangos.
No se si le hablé de mis miedos, más grandes que mi amor.
Un temor desatado y feroz. A tu angustia, al dolor, a tu desamparo, a la debilidad. La bronca tremenda y toda la injusticia atroz de verte partir. O no verte. Porque mi miedo no me lo permitió.
Seguro que no les hablé, que  no dije que escapé. Que fui cobarde. Me daba miedo verte, o lo negué.
Que te tuve conmigo, que recé en silencio. Lo sabías en el alma.
Que me marcó tu presencia, tu relato y tu amor por la lectura.
No se si les conté que la admiraba.
No se si me aleje o te alejaste. De mi presencia, de mi contacto, de mi mirada.
Mi esencia estaba con vos, lo sabíamos.
No creo haber hablado de tu dolor, infinito y  valiente. Poderosa en tu tristeza. Dueña de tus miedos, de tus ganas infinitas de vivir. De tu enorme empuje que lograba traspasar tu dolor,  al  ajeno.
Que no olvidó un día de infundir ánimo a los que dejabas.
Tu eterna enseñanza, tus colecciones de Cortazar, el club del Misterio, de tus sin sentido que defendías con la pasión de tu ser, de tu amor al cine, a la literatura. Como vos, exagerado.
De tus altisonantes opiniones que te llevaste a donde estés.
De tus odios y tus gritos de injusticia.
Y a tu voz, que que me acompañó siempre. La tuve hasta que te fuiste.
De tu risa desfachatada y provocadora.
Del enorme orgullo de oírte hablar de mi.
De haberme sentido en tu vida, especial.
De tu abrazo infinito en mi primer pérdida. Aun hoy siento en mi cuerpo el tuyo.
De esos eternos llamados en que tu voz era tuya. Hasta el final.
No se si me alejé, o me alejaste. O me dejaste alejarme para que no sufra. Te escondiste en un sonido. Y aparecías, enorme, en medio del dolor, aconsejando escuchando y puteando conmigo. Tu risa inconfundible.
Tu voz era infinita, como mi miedo y tu dolor.


A veces en la calle, aun hoy, me doy vuelta sintiendo tu risa, tu voz.

Mi Jardin



Tengo deudas, tarjeta de crédito, una auto y una casa.
Ya debo ser grande.
Dos hijos.
Un amor.
Dueña de un limonero y una higuera... y un níspero que lo quiero porque es mio, porque en realidad no me gustan ni sus frutos, ni sus hojas que caen todo el tiempo. Ni las abejas que gustan de el.
Lo quiero sacar, pero su tronco es derecho, y la soga de la ropa esta atada ahí. Parece un señor grande y serio, que me reta y me dice que no con la cabeza. Que el hace lo que puede, que el problema es mio. Es formal, me parece que tiene bigotes  y la verdad es que estoy dudando. Siempre respeté a los mayores.
Dueña de mi casa y de mi mundo. El real y el imaginario. Desde siempre.
Dueña de todos los defectos que mi casa tiene. Y de su absoluto encanto, de la magia que le encuentro, de las nuevas historias que construimos, de las viejas que también cobijo.
De la primera rosa que floreció, saben los que me conocen, que para mi hablar de flores es un nuevo milagro.
De mi huerto, donde poco es lo que creció y lo que creció se demasdro y se convirtió en maleza.
En rigor a la verdad, en ese huerto, no he podido lograr que nada crezca como se debe.

Saque una ruda con miedo, yo no creo en sus poderes. Pero plante una hembra y un macho así me dijeron los sabios, los que entienden de esas cosas. Hoy crecen fuertes y grandes.
Mi casa es como yo.
No todo lo que tiene esta bueno. Hay cosas por acomodar, muchas, pero otras... fueron, son y serán así. Encariñen se
También hay cosas que extraño, no porque sean fabulosas, ni insuperables, pero fueron mías.
Cuando conocí mi casa, me enamoré del fondo, de lo que proyecté cuando lo vi, no de lo que vi.
Había una parrilla vieja, un antiguo lavatorio de material, un jazmín enorme lleno de flores, malvones en macetas viejas, pasto crecido, yuyos, flores que no supe valorar porque aun no tenia jardín  y una parra con exquisitas uvas de las que disfruté un par de años.
Me enamoré de esa parra y me despedi de ella con tristeza.
La parra me huele a historia, a mi abuela China, a Segundo y a Dora, a los que seguro recuerdan, ellos tuvieron parras de hojas enormes que  los protegieron del sol para las tardes de mate, con uvas exquisitas.
En mi niñez,  en casa también hubo parra, un gajo de la de mi abuelo. Nunca fue buena, no se si la agarró alguna peste, o mi papá no supo podarla, en fin, no fue una parra en serio. En definitiva las uvas no eran ricas y nosotros nos íbamos de vacaciones cuando estaban en su punto justo y al regresar las uvas podridas cubrían el piso. Un asco. Como mi níspero. Nunca disfrutamos de ellas. Las buenas estaban en la casa de los abuelos.

Vida nueva, vientos de cambio. La parra duro poco tiempo, trae bichos me dijeron. Que las ratas.. no combina con lo nuevo. Huele a viejo. Hoy descubro cada tanto un brote que aparece, me lo callo y espero...
Aprendo a dar vuelta las hojas, aprendo a querer lo nuevo. Si vieran mi jardín nuevo, si vieran lo que imagino. Proyecto esta nueva vida, sin prisa, pero sin pausa. Me entrego de lleno a ella. No me olvido lo que era.
Soy la dueña de estos días. Tengo miles de proyectos. Siempre extraño los que dejo. Me aferro a viejos recuerdos, no me ocupan mucho espacio. Prefiero tenerlos conmigo, sacarles fotografías.
Esta casa esta en proyecto, como yo. Esta por cambiar de nuevo, tengo algunos adióses y otros hasta mas tarde.
Los vidrios que me ocultaban hoy revelan cada paso.
Soy dueña de todo eso. A mi,  me parece mucho.
Soy dueña del limonero, de la higuera y de un nispero... que lo quiero porque es mio,

martes, 16 de febrero de 2010

Que Herencia!!

Regresando de las vacaciones tuve un descubrimiento.
A veces uno hereda cosas maravillosas... ojos pardos, una sonrisa cautivante, facilidad de palabra,  y  en otras oportunidades....

La verdad, admito  que no es artístico, tampoco es de los dones que se utilizan todo el tiempo,  no luce, y, definitivamente no es una carta de presentación que sume nada a las virtudes de una persona.

 Esa es otra verdad.

Pero bueno, en mi infancia, secretamente , me maravillaba con mi padre. Cabe destacar a esta altura que fue de él de que quien lo heredé.

Veía como toda la familia le entregaba bultos, cajas y bolsas que él de algún mágico modo,  hacia encajar como si fuera un complicado rompecabezas. Cada cosa encontraba su espacio justo.

 Llevábamos las cosas hasta el garaje y se la dejábamos a sus pies y el no se quejaba. Miraba el paquete, evaluaba el espacio y seguía con su tarea. Cabía la angustiosa duda de  no poder volver a poder concretar el  milagro. Pero ahí estaba nuevamente haciendo gala de esa asombrosa virtud.
Su devolución era fatídica!!. Al llegar salían y salían cosas...nadie lo reconocía pero todos dudábamos de la posibilidad de volver a realizar esa proeza. Esa incertidumbre formaba parte del familiar proceso.

Todo  e incluso mas, entraba nuevamente en el mismo lugar. Era realmente genial. Lo admiraba, en secreto obvio. Insisto no es de las cualidades que a las vistas de todos resulte de  las mas renombradas. Pero hoy luego de mirar y mirar descubro que no heredé su habilidad en las matemáticas, ni su piel con lunares, tampoco (todos lo saben) su gracia para contar chistes, fui privilegiada con la rara, pero no despreciable habilidad de  lograr que luego de un viaje en donde solo se acumulan todo tipo de bolsos, bolsas y bolsitos, todo vuelva a entrar en un mínimo baúl.
¿No es poco no?



De Regreso