1986.
Doce años, mas niña que adolescente, queriendo jugar a grande.
Una salida con mis primas, Laura y Vivien, catorce y diecisiete. Para mí, casi adultas.
La noche de los lápices.
¿La noche de las narices frías?
No pregunté, era una salida con mis primas mayores. Estaba felíz de participar de mi primera salida al cine con ellas, desde mis doce años eran el proyecto de mujer a las que me quería parecer. Vivien con su seriedad y criterio para abordar todo tipo de cuestiones, linda y grande. La mayor de los once primos. Morocha, llena de rulos, flaca y entrando a un mundo que a mí me parecía que estaba a distancias siderales. Ya escuchaba su propia música en su cuarto, no la que nuestros padres nos ponían en el auto. En los cumpleaños se dormía en cualquier sillón aburrida de nuestros infantiles juegos. Hacia rato que una "escondida" no la entusiasmaba en lo mas mínimo. Con un grupo de amigas y amigos que la hacían poseedora de un mundo que para mí, era tocar el cielo con las manos.
Laura, en cambio, bien cerca, de pelo rubio y lacio.Coqueta, con su infantil seducción, yo no creía que un chico pudiera resistirse a sus encantos. Risa enorme, ocupando toda la cara, segura de si misma. Desafiante y convencida de su recién adquirida madurez. Hasta hace poco tiempo nos tirábamos arena en la playa, y juntábamos con Diego (mi hermano) y Erica (mi prima más chica) paquetes vacíos de cigarrillo, para sentarnos a fumar palitos, en esos eternos y adorados veranos de Mar del Plata. Ahora de a poquito se corría a ese lugar que me hacia admirarla, pero también extrañar a mi compañera de niñez. Ya no éramos Susana y Moria. Ya era una señorita. A mí, aún, me faltaba.
En mi admiración me puse en sus manos.
Llegue esa tarde a su casa y me deje camuflar.
-¡Te van a dejar pasar! Pareces mas grande.
Laura con desenfado confiaba en su habilidad de lograr que con un poco de rubor, delineador en los ojos y una pincelada en los labios mi aspecto se convirtiera en el adecuado para que el señor del cine me dejara pasar. Dueña de ideas tan arriesgadas como ingeniosas. Una vez me recomendó esconderme un chicle en el cuello de un pulover verde agua, punto inglés. No funcionó. Finalmente quedó agujereado.
-Te pones al lado mío, del lado de la pared, no mirés nada, hacete la tonta.
Ella sabía que había que ser cauto. Ella era grande. Tenía diecisiete.
La previa empezó desde el mismo momento que supe que iba ir al cine, mi papá, no era muy desprendido en las salidas. Todo tenia que tener una gran justificación. No recuerdo si lo convenci o lo convencieron. Una salidita al cine y me quedaba a dormir en su casa. Emoción y temor.
Las chicas dormían hasta tarde y yo pensaba que iba a hacer a la mañana siguiente mientras ellas durmieran. No importó. Me preparé una mochila y mamá me llevó. Siempre sentía un poco de angustia cuando no iba a dormir en casa.
La casa de mis primas era un casa querida por mi. Hermanos, nuestros padres, no tenían una relación tan fácil como se hubiera deseado, ni por sus padres, ni por nosotros que nos adorábamos a pesar de las diferencias que los atravesaban. Diferencias que aun hoy a tantos años no lograron hacer mella en el cariño que nos une.
Nacimos en este orden Vivien primero, Gabriel, mi hermano mayor, luego vino Laura y yo. Mas tarde Diego, y por último Erica. Siempre nos quisimos muchísimo..
Durante la niñez omitimos las diferencias y tentamos lo mas que se pudo la relación de nuestros padres. Hasta que fuimos grandes y ya nos manejamos solos.
Esa tarde arrancamos los preparativos y nos fuimos. Mi tía sonrió cuando nos vio salir a las tres pintarrajeadas. Nos tomamos un micro, creo que el 508, compre caramelos y me prepare para los que se venia. O eso creí.
Como habíamos organizado, paso Laura, pintada y confiada y luego pasamos Vivien y yo. Yo rozando una pared. Nadie me dijo nada. Lo viví como un triunfo.
Nos sentamos contentas aunque yo note que el clima en el cine no era festivo, sino mas bien serio. Era claro yo estaba haciendo de adulta. Me comporte como uno de ellos.
Vivien y Laura iban al Liceo Víctor Mercante, un colegio de la Universidad caracterizado en La Plata por su compromiso e interés en temas políticos y sociales. Con posicionamiento ante la vuelta a la democracia y el proceso militar de los últimos años.Yo había entrado a la secundaria ese marzo en el Normal Nº3, un colegio que pertenecía a la Nación.
Hasta que la película comenzo yo sentía que había ganado, que habíamos podido burlar a ese boletero. Lo habíamos logrado.
Al principio no me di cuenta. En realidad iba para ver otra cosa. No recuerdo que. Trato de revisar que conocimientos previos tenia yo acerca de nuestro pasado inmediato, pero rebusco y rebusco y no encuentro nada. Si algo sabia, no tenia absolutamente nada que ver con la realidad que se empezó a despejar ante mis ojos.
Desconocía esa desgarradora realidad que había sucedido en las mismas calles que yo transitaba, que en mi propio colegio había chicos que habían sufrido lo que espantada estaba mirando.
Yo, a mis doce años, realmente no sabia nada.
A partir de los veinte minutos de iniciada la película, se transformo en una pesadilla. Con los ojos cerrados y las manos en los oídos, me negué a las imagenes y a los sonidos. Sentada en el ultimo asiento, pegadita a la pared, en una fila intermedia de los antiguos cines grandes. Cada tanto entrecerraba los ojos para ver si la secuencia había terminado. Si me daba un respiro. Y no. Me escondí.
No se que sintió el resto, no registre nada mas que el horror que estaba viviendo, no se que les paso a mis primas, ni al resto de los espectadores. Recuerdo mi terquedad en pensar en otra cosa y algunas palabras borroneadas y tranquilizadoras que Vivien me dijo.
Llore y me angustie ante una violencia hasta ese momento desconocida.
Recuerdo la salida de ese cine, una calle ancha que cruzamos. Era la Avenida siete. La espera del micro que nos devolvía a la casa. El edificio de escalinatas, en una tarde lluviosa que hoy reconozco en el Pasaje Dardo Rocha. Sobre siete. No se si siguieron palabras. No tuve capacidad para intercambiar opiniones ni sensaciones.
Palabras como democracia, proceso, derechos humanos, militares, censura, desaparecidos, justicia tomaron una relevancia nueva e irrumpieron en mi vida.
Creo que llegamos e intente superar la angustia que me invadía y no podía dejar de pensar que eso no era una película, que había pasado. Las tres estábamos impactadas.
A partir de ese día comprendí la leyenda "prohibido menores de..." me volví mas grande y respetuosa de los limites. Entendí íntimamente el por que de la prohibicion.
Creo que ninguna sabia ciencia a cierta que era lo que iba a ver. Supongo que las tres nos creíamos grandes.Seguro que ese día maduramos.
Quizás muchos años despues hubiera sentido la misma sensacion. No lo se. No volví a ver esa película nunca mas.
Aun hoy el corazón me late muy rápido cuando recuerdo La noche de lo lapices.
Mi infancia estuvo llena de lindas experiencias compartidas
A pesar de la tristeza de aquel momento, hoy a casi veinticinco años lo recuerdo como otra vivencia compartida con personas que hicieron de mi niñez una hermosa etapa para ser vivida.
Paso a paso,crecimos juntos. Hoy, a pesar de las vidas adultas, de los hijos, los trabajos, siguen estando tan presente como siempre. Con la frecuencia que podemos, seguimos celebrando el encuentro.
Mas allá de la sangre, a mis amigos, a algunos de mis compañeros de vida.
Vivien, Gabriel, Laura, Diego y Erica




